Los videojuegos se han convertido en una de las formas más comunes de jugar e interactuar de los niños y adolescentes y como cualquier otro estimulo, tienen un impacto en el modo como se percibe la realidad.

La velocidad con que se implementan los nuevos juegos y las nuevas tecnologías impactan en la imagen del padre, que deja de ser “papa lo sabe todo” para convertirse en aprendiz del hijo.

Además de reducir el interés por otras actividades y contribuir al sedentarismo, debido al escaso movimiento físico, la mayoría de videojuegos promueve la satisfacción inmediata y la omnipotencia, lo que genera escasa tolerancia a la frustración.
Debido a sus imágenes y tramas, en muchos casos; los videojuegos violentos incrementan manifestaciones de agresividad. Los niños no siempre logran distinguir entre lo bueno y lo malo y pueden intentar replicar situaciones que vieron con total normalidad dentro de un videojuego.

Sin embargo estudios recientes señalan las ventajas que tienen los juegos en términos cognitivos. Permiten que los niños logren desarrollar una serie de destrezas que los ayudarán a enfrentar de forma más efectiva las exigencias escolares a nivel cognitivo. Mejorar su razonamiento, coordinación viso motora, capacidad de atención y concentración.

Hablar de adicción a los videojuegos es relativamente nuevo. Sin embargo, se han reportado casos de adolescentes y jóvenes con este mal. Algunos indicadores son: Programar un tiempo para jugar y excederse continuamente, jugar todos los días, problemas escolares, haber querido dejar esta actividad en varias ocasiones sin éxito, reducción de las relaciones personales, etc.

Los factores de enganche de estos juegos son la competitividad con otros individuos a través de la red, donde el niño es protagonista.
Los padres deben fijar horarios, reglas y sanciones, pues sin una supervisión adecuada, pueden convertirse en un problema. Aunque los niños puedan recibir mensajes erróneos de moral confusa o prácticas antisociales con los videojuegos son los padres quienes deben guiar y reorientar esos mensajes. También es importante mantener dentro del hogar un espacio de relaciones sanas y de comunicación, tratando de participar de los juegos de sus hijos.

Se recomienda dosificar el tiempo de juego, lo óptimo es que el niño juegue por un máximo de dos horas al día y que intercale esta actividad con otros juegos u otras formas de interacción con sus amigos o hermanos.