Trastornos Somotomorfos

2.1. INTRODUCCIÓN.

La característica común de los trastornos somatomorfos es la presencia de síntomas físicos que sugieren una enfermedad médica (de ahí el término somatomorfo) y que no pueden explicarse completamente por la presencia de una enfermedad, por los efectos directos de una sustancia o por otro trastorno mental (p. ej., trastorno de angustia). Los síntomas deben producir malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral, o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

A diferencia de lo que ocurre en los trastornos facticios y en la simulación, los síntomas físicos no son intencionados (p. ej., bajo control voluntario). Los trastornos somatomorfos se diferencian de los factores psicológicos que afectan el estado físico por la ausencia de una enfermedad médica diagnosticable que pueda explicar por completo todos los síntomas físicos. La agrupación de estos trastornos en un único grupo está basada más en la utilidad (p. ej., la necesidad de excluir enfermedades médicas ocultas o etiologías inducidas por sustancias) que en las hipótesis sobre etiologías o mecanismos compartidos.

Estos trastornos se observan con bastante frecuencia en los centros hospitalarios. En este capítulo se abordarán los siguientes trastornos somatoformes: El trastorno de somatización (anteriormente histeria o síndrome de Briquet) es un trastorno polisintomático que se inicia antes de los 30 años, persiste durante varios años y se caracteriza por una combinación de síntomas gastrointestinales, sexuales, seudoneurológicos y dolor. El trastorno somatomorfo indiferenciado se caracteriza por síntomas físicos no explicados, que persisten al menos 6 meses y que son insuficientes para establecer el diagnóstico de trastorno de somatización.

El trastorno de conversión consiste en síntomas o disfunciones no explicadas de las funciones motoras voluntarias o sensoriales, que sugieren un trastorno neurológico o médico. Se considera que los factores psicológicos están asociados a los síntomas o a las disfunciones.

El trastorno por dolor consiste en la presencia de dolor como objeto predominante de atención clínica. Además, se considera que los factores psicológicos desempeñan un papel importante en su inicio, gravedad, exacerbación o persistencia. La hipocondría es la preocupación y el miedo de tener, o la idea de padecer, una enfermedad grave a partir de la mala interpretación de los síntomas o funciones corporales.

El trastorno dismórfico corporal es la preocupación por algún defecto imaginario o exagerado en el aspecto físico. En el trastorno somatomorfo no especificado se incluyen los trastornos con síntomas somatomorfos que no cumplen los criterios de cualquiera de los trastornos somatomorfos específicos.

2.1.1. Trastorno de somatización.

Características diagnósticas

La característica esencial del trastorno de somatización es un patrón de síntomas somáticos, recurrentes, múltiples y clínicamente significativos. Se considera que un síntoma somático es nicamente significativo si requiere tratamiento médico (p. ej., tomar un medicamento) o causa un deterioro evidente de la actividad social o laboral, o en otras áreas importantes de la actividad del individuo. Los síntomas somáticos deben empezar antes de los 30 años y persistir durante varios años (Criterio A). Los múltiples síntomas no pueden explicarse completamente por la presencia de alguna enfermedad conocida o por los efectos directos de una sustancia. Si aparecen en el transcurso de una enfermedad médica, los síntomas o el deterioro de las relaciones sociales, laborales o en otras áreas importantes de la actividad del individuo son mucho mayores de lo que cabría esperar a partir de la historia clínica, la exploración física o las pruebas de laboratorio (Criterio C). Debe existir una historia de dolor relacionada con al menos cuatro zonas diferentes (p. ej., cabeza, abdomen, espalda, articulaciones, extremidades, tórax, recto) o con diversas funciones (p. ej., menstruación, coito, micción) (Criterio B1). Asimismo, al menos debe haber dos síntomas de tipo gastrointestinal, además de dolor (Criterio B2).

La mayoría de los individuos con este trastorno refieren la presencia de náuseas e hinchazón abdominal. Los vómitos, la diarrea y la intolerancia a ciertos alimentos son menos habituales. Los síntomas digestivos a menudo conducen a múltiples exámenes radiográficos, pudiendo llegar incluso a comportar intervenciones quirúrgicas que a posteriori se demuestran totalmente innecesarias. Además, debe haber una historia de al menos un síntoma sexual o reproductivo, además del dolor (Criterio B3).

En las mujeres se pueden presentar menstruaciones irregulares, menorragias o vómitos durante el embarazo; en los varones, disfunción eréctil o eyaculatoria. Tanto los varones como las mujeres pueden presentar indiferencia sexual. Finalmente, debe haber una historia de al menos un síntoma distinto al dolor, que sugiere la presencia de un trastorno neurológico (síntomas de conversión tales como coordinación o equilibrio alterados, parálisis o debilidad muscular, dificultad para deglutir o sensación de tener un nudo en la garganta, afonía, retención urinaria, alucinaciones, sensación de dolor o de pérdida de tacto, diplopía, ceguera, sordera o convulsiones; síntomas disociativos como amnesia; o pérdida de conciencia distinta del desmayo) (Criterio B4). Los síntomas de cada uno de los grupos se han enumerado según la frecuencia con la que suelen presentarse. Finalmente, los síntomas no explicados del trastorno de somatización no son simulados o producidos intencionadamente (como ocurre en el trastorno facticio o en la simulación) (Criterio D).

2.1.2. Síntomas y trastornos asociados.

Características y trastornos mentales asociados.

Los individuos con trastorno de somatización generalmente describen sus síntomas de un modo llamativo y exagerado, pero muy a menudo falta información objetiva específica. Las historias que narran son poco consistentes, por lo que, para determinar un patrón de síntomas somáticos frecuentes, una entrevista diagnóstica puede ser menos eficaz que una revisión de los tratamientos médicos y de las hospitalizaciones llevadas acabo.

Estos enfermos son visitados frecuentemente por varios médicos a la vez, lo que puede conducir a combinaciones de tratamientos potencialmente peligrosas. El motivo por el cual se ve a estos enfermos en centros de salud mental es la presencia de síntomas importantes de ansiedad y estado de ánimo deprimido.

Pueden existir asimismo comportamientos impulsivos y antisociales, amenazas e intentos de suicidio y conflictos matrimoniales. La vida de estos individuos, en especial la de quienes presentan trastornos de personalidad asociados, es a menudo tan caótica y complicada como sus historias clínicas.

El consumo habitual de fármacos puede conducir a efectos indeseables o a trastornos relacionados con sustancias. Estos enfermos son muy a menudo sometidos a múltiples exámenes médicos, a pruebas diagnósticas, a cirugía y a hospitalizaciones, lo que supone un mayor riesgo de morbididad asociada a estos procedimientos.

El trastorno depresivo mayor, los trastornos de angustia y los trastornos relacionados con sustancias se encuentran frecuentemente asociados al trastorno de somatización, como asimismo lo están los trastornos de la personalidad histriónica, límite y antisocial.

Hallazgos de laboratorio.

Las pruebas de laboratorio no aportan nada significativo para corroborar las quejas subjetivas.

Hallazgos de la exploración física y enfermedades médicas asociadas.

La exploración física no detecta nada significativo que explique los síntomas que manifiestan los individuos con trastorno de somatización. Estos enfermos pueden ser diagnosticados de los llamados trastornos funcionales (p. ej., síndrome del intestino irritable). Sin embargo, debido a que en estos síndromes no hay signos objetivos o hallazgos de laboratorio específicos, los síntomas hacen pensar en el diagnóstico de trastorno de somatización.

Síntomas dependientes de la cultura y el sexo

El tipo y la frecuencia de presentación de los síntomas somáticos pueden variar entre culturas. Por ejemplo, la sensación de quemazón en las manos y los pies o la experiencia no delirante de tener gusanos en la cabeza u hormigas debajo de la piel son síntomas seudoneurológicos que se observan con mucha más frecuencia en África y en el Sur de Asia que en Norteamérica.

Los síntomas relacionados con la función reproductora masculina son más prevalentes en las culturas en las que existe una preocupación sobre la pérdida de semen (p. ej., el síndrome dhat en la India). Por esta razón, es necesario contextualizar los síntomas en cada una de las culturas. Los síntomas que se enumeran en este manual son los ejemplos considerados más relevantes en el diagnóstico en Estados Unidos.

Debe tenerse en cuenta que el orden de frecuencia proviene de estudios llevados a cabo en este país. En Estados Unidos el trastorno de somatización afecta rara vez a varones, pero el alto índice de afectación de griegos y portorriqueños sugiere que los factores culturales pueden afectar la prevalencia en función del sexo.

Prevalencia

Diversos estudios señalan índices de prevalencia variables, desde un 0,2 % hasta un 2 % en mujeres y menos de un 0,2 % en hombres. Las diferencias en los índices pueden depender de si el entrevistador es médico, del método de valoración y de las variables demográficas de las muestras analizadas; cuando el entrevistador no es médico, el trastorno de somatización se diagnostica con mucha menos frecuencia.

Curso

El trastorno de somatización es una enfermedad crónica, aunque fluctuante, que pocas veces remite de manera completa. Es poco frecuente que pase más de 1 año sin que el individuo que padece este trastorno no busque ayuda médica por síntomas somáticos inexplicados.

La enfermedad se diagnostica antes de los 25 años de edad, y los primeros síntomas pueden empezar a presentarse ya durante la adolescencia; en las mujeres las irregularidades menstruales constituyen uno de los signos que se manifiesta con más prontitud. Los síntomas sexuales se asocian muy a menudo a conflictos matrimoniales.

Patrón familiar

Se ha observado que el 10-20 % de las mujeres parientes de primer grado de estos enfermos presentan también trastorno de somatización. Los familiares varones de las mujeres con este trastorno tienen un mayor riesgo de padecer trastorno antisocial de la personalidad y trastornos relacionados con sustancias.

Los estudios realizados en personas adoptadas indican que tanto los factores genéticos como los ambientales contribuyen a incrementar el riesgo de padecer trastorno antisocial de la personalidad, trastornos relacionados con sustancias y trastorno de somatización. El hecho de tener padres biológicos o adoptivos que presenten alguno de estos trastornos aumenta el riesgo de aparición del trastorno antisocial de la personalidad, del trastorno relacionado con sustancias o del trastorno de somatización.

Diagnóstico diferencial

El cuadro clínico del trastorno de somatización es habitualmente inespecífico y puede solaparse con muchas enfermedades médicas. Existen tres características que sugieren más un trastorno de somatización que una enfermedad médica: 1) afectación de múltiples órganos; 2) inicio a temprana edad y curso crónico, sin signos físicos o anomalías estructurales, y 3) ausencia, en las pruebas de laboratorio, de las anormalidades características de las enfermedades médicas.

Aun así, es necesario descartar las enfermedades médicas que se caracterizan por síntomas vagos, confusos y múltiples (p. ej., hiperparatiroidismo, porfiria aguda intermitente, esclerosis múltiple, lupus eritematoso sistémico). Además, el trastorno de somatización no impide que los individuos padezcan otras enfermedades. Los hallazgos de tipo objetivo deben evaluarse sin prestar excesiva atención a las quejas subjetivas. El inicio de múltiples síntomas físicos en etapas avanzadas de la vida se debe prácticamente siempre a la presencia de una enfermedad médica. La esquizofrenia con ideas delirantes somáticas debe diferenciarse de las quejas somáticas no delirantes de los individuos con trastorno de somatización.

En contadas ocasiones los enfermos con trastorno de somatización padecen también esquizofrenia; cuando esto ocurre, es necesario efectuar los dos diagnósticos. En el trastorno de somatización pueden presentarse además alucinaciones (como síntomas seudoneurológicos), que deben diferenciarse de las alucinaciones típicas observadas en la esquizofrenia.

Algunas veces es muy difícil distinguir los trastornos de ansiedad y el trastorno de somatización. En el trastorno de angustia se presentan asimismo múltiples síntomas somáticos, pero éstos se producen principalmente durante las crisis de angustia. No obstante, el trastorno de angustia puede coexistir con el trastorno de somatización, y, si los síntomas somáticos aparecen fuera de las crisis, deben establecerse ambos diagnósticos. Las personas con trastorno de ansiedad generalizada pueden manifestar muchos síntomas físicos asociados a su trastorno, pero la ansiedad y las preocupaciones no se limitan a estos síntomas.

Los individuos con trastornos del estado de ánimo, especialmente con trastornos depresivos, pueden presentar síntomas de tipo somático, habitualmente cefaleas, alteraciones digestivas o dolor no explicado.

Los individuos con trastorno de somatización presentan síntomas físicos de manera recurrente y durante la mayor parte de su vida, independientemente de su estado de ánimo, mientras que los síntomas de los enfermos con trastornos depresivos se limitan a los períodos en los que el individuo se encuentra deprimido. Las personas con trastorno de somatización también presentan a menudo síntomas de tipo depresivo.

Cuando se cumplen los criterios para el trastorno de somatización y para el trastorno del estado de ánimo, hay que establecer ambos diagnósticos. Por definición, todos los individuos que padecen trastorno de somatización tienen historia de dolor, síntomas sexuales y síntomas de conversión o disociativos. Por esta razón, cuando estos síntomas se manifiestan exclusivamente en el transcurso de un trastorno de somatización, no debe realizarse el diagnóstico adicional de trastorno por dolor asociado a factores psicológicos, disfunción sexual, trastorno de conversión o trastorno disociativo.

Asimismo, no debe establecerse el diagnóstico de hipocondría si el miedo o la preocupación a tener una enfermedad grave se manifiestan exclusivamente en el transcurso del trastorno de somatización.

En este manual los criterios para el diagnóstico de trastorno de somatización son algo más estrictos que los criterios originales para el síndrome de Briquet. Los cuadros clínicos de tipo somatomorfo que no cumplen los criterios para el trastorno de somatización deben clasificarse como trastorno somatomorfo indiferenciado si la duración del síndrome es de 6 meses o más, o como trastorno somatomorfo no especificado si la duración es inferior a 6 meses.

En el trastorno facticio con predominio de signos y síntomas somáticos y en la simulación los síntomas somáticos pueden producirse intencionadamente, con el objetivo de asumir el papel de enfermo o de obtener alguna ganancia.

Los síntomas producidos intencionadamente no deben hacer pensar en un trastorno de somatización. Sin embargo, no es raro observar síntomas facticios o simulación junto a otros síntomas no provocados de manera intencionada. En estos casos hay que diagnosticar tanto el trastorno de somatización como el trastorno facticio o la simulación.

Relación con los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10

Los Criterios Diagnósticos de Investigación y el diagnóstico de la CIE-10 para el trastorno de somatización son diferentes a los del DSM-IV-TR.

Por una parte, se exige la presencia de 6 síntomas de una lista de 14 distribuidos en los siguientes grupos: 6 síntomas gastrointestinales, 2 síntomas cardiovasculares, 3 síntomas genitourinarios y 3 síntomas relacionados «con la piel o el propio dolor».

Por otra parte, deben aparecer síntomas de por lo menos dos grupos. Además, los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10 requieren la presencia de «rechazo persistente a aceptar la opinión de los médicos de que no existe una causa orgánica que explique estos síntomas físicos».

Criterios para el diagnóstico de F45.0 Trastorno de somatización.

A. Historia de múltiples síntomas físicos, que empieza antes de los 30 años, persiste durante varios años y obliga a la búsqueda de atención médica o provoca un deterioro significativo social, laboral, o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

B. Deben cumplirse todos los criterios que se exponen a continuación, y cada síntoma puede aparecer en cualquier momento de la alteración:

(1) Cuatro síntomas dolorosos: historia de dolor relacionada con al menos cuatro zonas del cuerpo o cuatro funciones (p. ej., cabeza, abdomen, dorso, articulaciones, extremidades, tórax, recto; durante la menstruación, el acto sexual, o la micción)

(1) Dos síntomas gastrointestinales: historia de al menos dos síntomas gastrointestinales distintos al dolor (p. ej., náuseas, distensión abdominal, vómitos [no durante el embarazo], diarrea o intolerancia a diferentes alimentos).
(2) Un síntoma sexual: historia de al menos un síntoma sexual o reproductor al margen del dolor (p. ej., indiferencia sexual, disfunción eréctil o eyaculatoria, menstruaciones irregulares, pérdidas menstruales excesivas, vómitos durante el embarazo).

(3) Un síntoma seudoneurológico: historia de al menos un síntoma o déficit que sugiera un trastorno neurológico no limitado a dolor (síntomas de conversión del tipo de la alteración de la coordinación psicomotora o del equilibrio, parálisis o debilidad muscular localizada, dificultad para deglutir, sensación de nudo en la garganta, afonía, retención urinaria, alucinaciones, pérdida de la sensibilidad táctil y dolorosa, diplopía, ceguera, sordera, convulsiones; síntomas disociativos como amnesia; o pérdida de conciencia distinta del desmayo)

C. Cualquiera de las dos características siguientes:

(1) Tras un examen adecuado, ninguno de los síntomas del Criterio B puede explicarse por la presencia de una enfermedad médica conocida o por los efectos directos de una sustancia (p. ej., drogas o fármacos)

(2) Si hay una enfermedad médica, los síntomas físicos o el deterioro social o laboral son excesivos en comparación con lo que cabría esperar por la historia clínica, la exploración física o los hallazgos de laboratorio

D. Los síntomas no se producen intencionadamente y no son simulados (a diferencia de lo que ocurre en el trastorno facticio y en la simulación).

2.1.3. Trastorno somatomorfo indiferenciado.

Características diagnósticas

La característica esencial del trastorno somatomorfo indiferenciado consiste en la presencia de uno o más síntomas físicos (Criterio A) que persisten durante 6 meses o más (Criterio D). Los síntomas más habituales son el cansancio crónico, la pérdida del apetito y las molestias gastrointestinales o genitourinarias; estos síntomas no pueden explicarse completamente por la presencia de una enfermedad médica conocida o por los efectos directos de alguna sustancia (p. ej., los efectos de una lesión, el consumo de sustancias o los efectos indeseados de fármacos); o bien los síntomas y el deterioro que causan son excesivos en comparación con lo que cabría esperar por la historia clínica, la exploración física o los hallazgos de laboratorio (Criterio B). Los síntomas deben provocar malestar clínico significativo o deterioro social o laboral, o de otras áreas importantes de la actividad del sujeto (Criterio C). El diagnóstico no debe realizarse cuando los síntomas se explican mejor por la presencia de otro trastorno mental (p. ej., otro trastorno somatomorfo, disfunción sexual, trastorno del estado de ánimo, trastorno de ansiedad, trastorno del sueño, trastorno psicótico (Criterio E). Los síntomas no se producen intencionadamente y no son simulados (a diferencia de lo que ocurre en el trastorno facticio y en la simulación) (Criterio F).

Se trata de una categoría residual para los cuadros somatomorfos que no cumplen los criterios para el trastorno de somatización o para otro trastorno somatomorfo. Los síntomas que se observan forman parte de los enumerados en el trastorno de somatización; puede existir un único síntoma, como es la náusea, o, lo que es más frecuente, síntomas físicos variados. Los síntomas físicos, crónicos e inexplicables, llevan al individuo a la consulta médica, habitualmente a la del médico generalista.

Síntomas dependientes de la cultura, la edad y el sexo

Los síntomas médicamente no explicados y la preocupación por la enfermedad física pueden constituir «lenguajes de malestar» usados para expresar inquietudes respecto a un amplio abanico de problemas personales y sociales, sin indicar necesariamente psicopatología.

La incidencia más alta de síntomas físicos no explicados tiene lugar en mujeres jóvenes de status económico bajo, pero estos síntomas no son exclusivos de un sexo o grupo sociocultural concretos.

En el DSM-IV-TR, la «neurastenia», síndrome descrito en muchos lugares del mundo y caracterizado por fatiga y debilidad, se clasifica como trastorno somatomorfo indiferenciado cuando los síntomas persisten durante más de 6 meses.

Curso

El curso de los síntomas físicos no explicados es impredecible y es frecuente el diagnóstico eventual de una enfermedad médica u otro trastorno mental.

Diagnóstico diferencial

Véase también el apartado «Diagnóstico diferencial» del trastorno de somatización. El trastorno somatomorfo indiferenciado se diferencia del trastorno de somatización en que este último requiere una multiplicidad de síntomas, una duración de varios años e inicio anterior a los 30 años. Los individuos con trastorno de somatización cuentan su historia de manera inconsistente, por lo que algunas veces la gran cantidad de síntomas cumple perfectamente los criterios diagnósticos, y en otras, la escasez de síntomas no permite establecer el diagnóstico de trastorno de somatización.

Cuando los síntomas físicos persisten menos de 6 meses, debe establecerse el diagnóstico de trastorno somatomorfo no especificado.

El trastorno somatomorfo indiferenciado no debe diagnosticarse si los síntomas se explican mejor por otro trastorno mental. Los trastornos mentales que pueden producir síntomas físicos no explicados son el trastorno depresivo mayor, los trastornos de ansiedad y el trastorno adaptativo.

A diferencia de lo que ocurre en el trastorno somatomorfo indiferenciado, los síntomas físicos de los trastornos facticios y de la simulación se producen de manera intencionada o se simulan.

En el trastorno facticio la causa es la asunción del papel de enfermo para conseguir exploraciones y tratamientos médicos, mientras que en la simulación hay muchos más incentivos externos, como compensación económica, evitación de responsabilidades, huida de la justicia y obtención de drogas.

Relación con los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10.

El DSM-IV-TR y CIE-10 proponen criterios diagnósticos prácticamente iguales para el trastorno somatomorfo indiferenciado.

Trastorno somatomorfo indiferenciado

A. Uno o más síntomas físicos (p. ej., fatiga, pérdida del apetito, síntomas gastrointestinales o urinarios).

B. Cualquiera de las dos características siguientes:

(1) Tras un examen adecuado, los síntomas no pueden explicarse por la presencia de una enfermedad médica conocida o por los efectos directos de una sustancia (p. ej., droga de abuso o medicación).

(2) Si hay una enfermedad médica, los síntomas físicos o el deterioro social o laboral son excesivos en comparación con lo que cabría esperar por la historia clínica, la exploración física o los hallazgos de laboratorio

C. Los síntomas provocan un malestar clínico significativo o un deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

D. La duración del trastorno es al menos de 6 meses.

E. La alteración no se explica mejor por la presencia de otro trastorno mental (p. ej., otro trastorno somatomorfo, disfunciones sexuales, trastornos del estado de ánimo, trastornos de ansiedad, trastornos del sueño o trastorno psicótico).

F. Los síntomas no se producen intencionadamente ni son simulados (a diferencia de lo que sucede en el trastorno facticio o en la simulación).

2.1.4. Trastorno de conversión.

Características diagnósticas

La característica esencial del trastorno de conversión es la presencia de síntomas o déficit que afectan las funciones motoras o sensoriales y que sugieren un trastorno neurológico o alguna otra enfermedad médica (Criterio A). Se considera que los factores psicológicos están asociados al síntoma o al déficit (ya que se ha observado que el inicio o la exacerbación de los síntomas o los déficit vienen precedidos por conflictos o por otros acontecimientos estresantes (Criterio B). Los síntomas no se producen intencionadamente y no son simulados, a diferencia de lo que sucede en el trastorno facticio o en la simulación (Criterio C). El trastorno de conversión no debe diagnosticarse si los síntomas o los déficit se explican por un trastorno neurológico o de otro tipo, por los efectos directos de una sustancia o por comportamientos o experiencias culturalmente aprobados (Criterio D).

El problema debe ser clínicamente significativo por el malestar que provoca, por el deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del sujeto, o por el hecho de que requiera atención médica (Criterio E). No debe diagnosticarse este trastorno si los síntomas se limitan a dolor o a disfunción sexual, aparecen exclusivamente en el transcurso de un trastorno de somatización o se explican mejor por la presencia de otro trastorno mental (Criterio F).

Los síntomas de conversión están relacionados con la actividad motora voluntaria o sensorial, y por ello se denominan «seudoneurológicos». Los síntomas o déficit motores típicos son alteraciones de la coordinación y del equilibrio, parálisis o debilidad muscular localizada, afonía, dificultad para deglutir, sensación de nudo en la garganta y retención urinaria. Los síntomas y déficit de tipo sensorial suelen ser pérdida de sensibilidad táctil y dolorosa, diplopía, ceguera, sordera y alucinaciones.

También pueden aparecer crisis o convulsiones. Cuantos menos conocimientos médicos posee el enfermo, más inverosímiles son los síntomas que refiere. Los individuos más sofisticados tienden a presentar síntomas y déficit más sutiles, extraordinariamente semejantes a alguna enfermedad neurológica o médica.

Debe establecerse el diagnóstico de trastorno de conversión sólo cuando se ha efectuado un examen médico exhaustivo destinado a descartar una etiología neurológica o de otro tipo. Debido a que a veces se necesitan años para que una enfermedad médica se haga evidente, el diagnóstico de trastorno de conversión debe ser provisional y tentativo.

En los primeros estudios realizados las etiologías médicas se observaron posteriormente en un 25-50 % de las personas inicialmente diagnosticadas de trastorno de conversión. En estudios más recientes es menos evidente el error diagnóstico, probablemente a causa de una mayor conciencia del trastorno, así como a los progresos en los conocimientos y en las técnicas diagnósticas. Una historia clínica de otros síntomas disociativos o somáticos no explicados (especialmente de conversión) implica una mayor probabilidad de que un aparente síntoma de conversión no se deba a una enfermedad médica (especialmente si en el pasado se cumplieron los criterios para el trastorno de somatización).

Los síntomas de conversión no se corresponden con mecanismos fisiológicos y vías anatómicas conocidos, sino que son el producto de las ideas que el individuo tiene de lo que es la enfermedad. Así, una «parálisis» puede reflejar más la incapacidad para realizar un movimiento determinado o mover una parte del cuerpo que responder a las pautas normales de inervación motora. Los síntomas de conversión son a menudo inconsistentes. Puede ocurrir que una extremidad «paralizada» se mueva repentinamente mientras el individuo se está vistiendo o cuando dirige su atención a otro lugar. Si se coloca el brazo del individuo por encima de la cabeza y se suelta, éste continuará durante poco tiempo en esta posición y caerá (pero sin golpear la cabeza).

De la misma manera, puede demostrarse la presencia de una fuerza muscular excesiva en los músculos antagonistas, un tono muscular normal y unos reflejos intactos: además, el electromiograma será normal. La dificultad para deglutir afecta tanto a líquidos como a sólidos. La «anestesia» de un pie o de una mano puede seguir la denominada distribución en forma de guante o calcetín, con pérdida uniforme de todas las modalidades sensoriales (sin ir de gradiente proximal a distal) (p. ej., tacto, temperatura y dolor) y con una delimitación ajena a los dermatomas.

Las «crisis» pueden variar de una convulsión a otra, y no se aprecia actividad paroxística en el EEG. Aunque se sigan cuidadosamente estas directrices, es necesario actuar con mucha precaución. El conocimiento actual de los mecanismos anatómicos y fisiológicos no es total, y los métodos de valoración objetiva disponible tienen todavía excesivas limitaciones.

Es posible entonces diagnosticar como trastorno de conversión una gran cantidad de trastornos neurológicos; entre ellos destacan la esclerosis múltiple, la miastenia grave y las distonías idiopáticas o inducidas por sustancias. Sin embargo, la presencia de un trastorno neurológico no excluye el diagnóstico de trastorno de conversión; además, se ha observado que un tercio de los individuos con síntomas de conversión padecen o han padecido un trastorno neurológico. El trastorno de conversión puede diagnosticarse en presencia de un trastorno neurológico o de otra enfermedad médica si los síntomas no pueden explicarse en su totalidad por la naturaleza y la gravedad de la enfermedad en cuestión.

Tradicionalmente, el término conversión deriva de la hipótesis de que el síntoma somático representa la resolución simbólica de un conflicto psicológico inconsciente, que disminuye la ansiedad y sirve para mantener el conflicto fuera de la conciencia («ganancia primaria»). Asimismo, la persona puede obtener del síntoma de conversión una «ganancia secundaria» (se obtienen beneficios externos o se evitan responsabilidades u obligaciones peligrosas).

A pesar de que los criterios para el diagnóstico de trastorno de conversión no implican necesariamente que los síntomas sean debidos a tales hipótesis, requieren que los factores psicológicos estén asociados al inicio o a la exacerbación del trastorno. Los factores psicológicos se asocian también a las enfermedades médicas, por lo que es difícil en ocasiones determinar si un factor psicológico específico se encuentra relacionado etiológicamente con un síntoma o déficit.

Sin embargo, puede ser de ayuda constatar la presencia de una estrecha relación temporal entre el conflicto o el agente estresante y el inicio o la exacerbación de un síntoma (sobre todo si la persona ya había manifestado antes síntomas de conversión bajo circunstancias similares).

Aunque el individuo puede obtener una ganancia secundaria a partir del síntoma de conversión, a diferencia de lo que sucede en la simulación o en el trastorno facticio, los síntomas no se producen de manera intencionada; sin embargo, muchas veces es difícil determinar si los síntomas se han producido intencionadamente o no. En general, este extremo debe inferirse a partir de una evaluación cautelosa del contexto en el que el síntoma se manifiesta (en relación con potenciales recompensas externas o con el papel de enfermo).

Puede ser útil complementar la historia del individuo con fuentes adicionales de información (p. ej., a partir de informes o de amigos). El trastorno de conversión no debe diagnosticarse si existe algún síntoma que se pueda explicar por un comportamiento o experiencia culturalmente normales. Por ejemplo, las «visiones» o los «hechizos» que forman parte de rituales religiosos no justifican un diagnóstico de trastorno de conversión a no ser que el síntoma exceda de lo esperado en tal contexto y cause malestar o deterioro.

En la «histeria epidémica» un grupo de personas manifiestan síntomas comunes después de la «exposición» a un desencadenante común. Debe realizarse el diagnóstico de trastorno de conversión sólo si el individuo experimenta malestar clínicamente significativo o deterioro.

Subtipos

Seleccionar el código diagnóstico basado en el subtipo que mejor caracteriza la naturaleza del síntoma o déficit:

Con síntoma o déficit motores.

Este subtipo incluye síntomas como alteración de la coordinación psicomotora y del equilibrio, parálisis o debilidad muscular localizada, dificultad para deglutir, sensación de «nudo en la garganta», afonía y retención urinaria. F44.5 Con crisis o convulsiones. Este subtipo incluye crisis o convulsiones, con presencia de componente motor voluntario o sensorial. F44.6 Con síntoma o déficit sensoriales. Este subtipo incluye síntomas como sensación de pérdida de la sensibilidad táctil y dolorosa, diplopía, ceguera, sordera y alucinaciones. De presentación mixta. Si hay síntomas de más de una categoría.

Síntomas y trastornos asociados

Características descriptivas y trastornos mentales asociados. Los individuos con síntomas de conversión pueden manifestar la belle indifference (una relativa falta de preocupación sobre la naturaleza o las implicaciones del síntoma) o presentar actitudes de tipo dramático o histriónico.

Debido a la fácil sugestionabilidad de estos individuos, sus síntomas pueden modificarse o desaparecer según los estímulos externos; sin embargo, debe tenerse en cuenta que esto no es específico del trastorno de conversión y que puede ocurrir en diversas enfermedades médicas. Es frecuente que los síntomas aparezcan después de una situación de estrés psicosocial extremo (p. ej., conflicto bélico o muerte reciente de una persona significativa). La dependencia y la asunción del papel de enfermo pueden producirse durante el tratamiento.

Es habitual observar síntomas somáticos no conversivos. Los trastornos mentales asociados incluyen trastornos disociativos, trastorno depresivo mayor y trastornos histriónico, antisocial y por dependencia de la personalidad.

Hallazgos de laboratorio.

No hay anormalidades específicas de laboratorio asociadas al trastorno de conversión. De hecho, es la ausencia de hallazgos lo que sugiere y corrobora el diagnóstico de trastorno de conversión. Sin embargo, los hallazgos de laboratorio propios de una enfermedad médica no excluyen la presencia de un trastorno de conversión, ya que éste sólo requiere la presencia de síntomas no explicados completamente para su diagnóstico.

Hallazgos de la exploración física y enfermedades médicas asociadas.

Los síntomas típicos del trastorno de conversión no se corresponden con vías anatómicas y mecanismos fisiológicos conocidos. Por esta razón, rara vez hay signos objetivos esperables (p. ej., reflejos). No obstante, un individuo puede manifestar síntomas parecidos a los que él mismo padece o a los que ha observado en otras personas (p. ej., individuos con epilepsia pueden simular «crisis» parecidas a las que ha observado en otros enfermos o a lo que le han contado sobre las suyas).

Generalmente, los síntomas de conversión son autolimitados y no producen cambios físicos o discapacidades. Es poco frecuente la aparición de cambios físicos del tipo de atrofia y contracturas como resultado del desuso o como secuelas de procedimientos diagnósticos y terapéuticos.

Sin embargo, es importante señalar que los síntomas de conversión pueden manifestarse en individuos que padecen trastornos neurológicos.

Síntomas dependientes de la cultura, la edad y el sexo

El trastorno de conversión es mucho más frecuente en las poblaciones rurales, en los individuos de bajo status económico y en las personas menos conocedoras de los conceptos médicos y psicológicos. En zonas en vías de desarrollo se ha documentado una alta incidencia de personas con síntomas de conversión, que va disminuyendo a medida que la sociedad se convierte en más avanzada.

Las caídas al suelo con pérdida o alteración de la conciencia constituyen una característica de gran variedad de síndromes relacionados con la cultura. El tipo de síntomas de conversión es fiel reflejo de ideas culturales locales sobre la manera de expresar el malestar de forma aceptable y creíble. Los cambios que semejan síntomas de conversión (así como síntomas disociativos) son aspectos habituales de determinados rituales curativos o prácticas religiosas.

El clínico debe valorar si estos síntomas se explican satisfactoriamente por el contexto social particular y si producen malestar clínicamente significativo, discapacidad o deterioro de la actividad. Los síntomas de conversión que se manifiestan en niños menores de 10 años están limitados generalmente a alteraciones de la marcha o a convulsiones.

Este trastorno es más frecuente en mujeres que en varones, en una relación que oscila entre 2:1 y 10:1. Especialmente en las mujeres los síntomas se presentan más habitualmente en el lado izquierdo del cuerpo que en el derecho. Las mujeres (y alguna vez los hombres) que manifiestan síntomas de conversión pueden más tarde presentar todo el cuadro de síntomas del trastorno de somatización. En los varones especialmente es evidente una asociación con el trastorno antisocial de la personalidad y a menudo se observa también en contextos militares y en accidentes laborales, en cuyo caso debe prestarse atención a la hora de diferenciarlo de la simulación.

Prevalencia

En la población general los índices de prevalencia para el trastorno de conversión varían mucho, desde 11/100.000 hasta 300/100.000. Se ha observado asimismo que un 1-3 % de los pacientes ambulatorios enviados a centros de salud mental presentan este trastorno.

Curso

El trastorno de conversión se inicia generalmente en los últimos años de la adolescencia y en los primeros de la edad adulta; es muy rara su aparición antes de los 10 años o después de los 35, pero se han descrito casos en los que el inicio se ha producido en la novena década.

Cuando un hipotético trastorno de conversión aparece en la mitad de la vida o en la senectud, existe una alta probabilidad de que se trate de un trastorno neurológico o de otro tipo. El inicio de este trastorno suele ser repentino, pero también aparece de manera gradual. La mayoría de los síntomas son de corta duración.

Los individuos que se encuentran hospitalizados por este trastorno presentan una remisión de sus síntomas en aproximadamente 2 semanas. Las recidivas son habituales y se presentan en un 20-25 % de los individuos (durante el primer año).

Además, la presencia de una sola recaída predice la presentación de futuros episodios. Los factores que se asocian a buen pronóstico son el inicio repentino, la presencia de estrés claramente identificable al inicio de la enfermedad, el corto intervalo de tiempo entre la aparición del trastorno y la instauración del tratamiento, y un nivel de inteligencia superior al normal.

Síntomas como parálisis, afonía y ceguera se asocian también a buen pronóstico; en cambio, los temblores y las convulsiones son de peor evolución.

Patrón familiar

Hay datos que sugieren que los síntomas de conversión son más frecuentes en parientes de personas con trastorno de conversión. Se ha observado que en gemelos monocigotas el riesgo de presentar un trastorno de este tipo es mayor que en gemelos dicigotas.

Diagnóstico diferencial

El mayor problema a la hora de evaluar los síntomas de conversión es la exclusión de enfermedades neurológicas ocultas o de otras enfermedades médicas, así como los efectos inducidos por sustancias (incluidos fármacos). Una evaluación adecuada de las posibles enfermedades médicas (p. ej., esclerosis múltiple, miastenia grave) debe incluir una revisión detallada del cuadro clínico actual, de la anamnesis, de la exploración neurológica y física en general y de los hallazgos de laboratorio (valorando también el posible consumo de alcohol y otras sustancias).

El trastorno por dolor y la disfunción sexual deben diagnosticarse en lugar del trastorno de conversión cuando los síntomas se limiten a dolor o a disfunción sexual, respectivamente.

No debe realizarse un diagnóstico adicional de trastorno de conversión si los síntomas se presentan exclusivamente en el transcurso de un trastorno de somatización; asimismo, tampoco debe efectuarse el diagnóstico de trastorno de conversión si los síntomas se explican mejor por la presencia de otro trastorno mental (p. ej., síntomas catatónicos o delirios somáticos en la esquizofrenia u otros trastornos psicóticos o trastornos del estado de ánimo o dificultad para deglutir durante una crisis de angustia).

En la hipocondría el individuo se encuentra muy preocupado por la «enfermedad grave» subyacente a los síntomas seudoneurológicos, mientras que en el trastorno de conversión la atención se centra en el síntoma de presentación y a veces aparece también la belle indifference.

En el trastorno dismórfico corporal el énfasis está en la preocupación sobre un defecto imaginario o poco importante en el aspecto físico, y no sobre una alteración de las funciones motoras voluntarias o sensoriales. El trastorno de conversión presenta muchos síntomas que son comunes a los trastornos disociativos.

Ambos trastornos presentan síntomas que sugieren una disfunción neurológica y pueden también tener los mismos antecedentes. Si los dos trastornos se manifiestan en el mismo individuo (lo que ocurre frecuentemente), deben realizarse entonces los dos diagnósticos.

Existe cierta controversia a la hora de considerar si las alucinaciones (seudoalucinaciones) son un síntoma del trastorno de conversión. A diferencia de lo que ocurre en las alucinaciones de los trastornos psicóticos (p. ej., esquizofrenia u otro trastorno psicótico, trastorno psicótico debido a enfermedad médica, trastorno relacionado con sustancias o trastornos del estado de ánimo con síntomas psicóticos), los individuos que sufren alucinaciones en el trastorno de conversión mantienen intacto el sentido de la realidad y no presentan otros síntomas psicóticos; estas alucinaciones implican diferentes modalidades sensoriales (p. ej., una alucinación con componentes visuales, auditivos y táctiles) y tienen a menudo un contenido infantil, ingenuo y fantástico. Tienen un significado psicológico y el individuo las describe como si se tratara de historias muy interesantes.

Los síntomas presentes en los trastornos facticios y en la simulación se producen intencionadamente o son simulados. En el trastorno facticio el motivo es asumir el papel de enfermo y obtener atención médica y tratamiento; en cambio, en la simulación hay objetivos más evidentes, como compensación económica, evitación de responsabilidades, huida de la justicia u obtención de droga.

En los síntomas de conversión estos objetivos pueden parecer «ganancias secundarias», pero se diferencian de la simulación por la ausencia de intencionalidad.

Relación con los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10.

La CIE-10 considera la conversión como un tipo de trastorno disociativo y propone criterios diagnósticos separados para los trastornos motores disociativos, convulsiones disociativas y anestesia disociativa y pérdida sensorial, incluyéndolos a su vez en una sección donde pueden encontrarse asimismo la amnesia disociativa y la fuga disociativa.

Criterios para el diagnóstico de Trastorno de conversión.

A. Uno o más síntomas o déficit que afectan las funciones motoras voluntarias o sensoriales y que sugieren una enfermedad neurológica o médica.

B. Se considera que los factores psicológicos están asociados al síntoma o al déficit debido a que el inicio o la exacerbación del cuadro vienen precedidos por conflictos u otros desencadenantes.

C. El síntoma o déficit no está producido intencionadamente y no es simulado (a diferencia de lo que ocurre en el trastorno facticio o en la simulación).

D. Tras un examen clínico adecuado, el síntoma o déficit no se explica por la presencia de una enfermedad médica, por los efectos directos de una sustancia o por un comportamiento o experiencia culturalmente normales.

E. El síntoma o déficit provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral, o de otras áreas importantes de la actividad del sujeto, o requieren atención médica.

F. El síntoma o déficit no se limita a dolor o a disfunción sexual, no aparece exclusivamente en el transcurso de un trastorno de somatización y no se explica mejor por la presencia de otro trastorno mental.

Código basado en el tipo de síntoma o déficit: .4 Con síntoma o déficit motor .5 Con crisis y convulsiones .6 Con síntoma o déficit sensorial .7 De presentación mixta

2.1.5. Trastorno por dolor.

Características diagnósticas

La característica esencial de este trastorno es el dolor, que constituye el síntoma principal del cuadro clínico y que es de gravedad suficiente como para merecer atención médica (Criterio A). El dolor provoca malestar significativo o deterioro social, laboral, o de otras áreas importantes de la actividad del individuo (Criterio B). Se considera que los factores psicológicos desempeñan un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación y la persistencia del dolor (Criterio C).

A diferencia de lo que sucede en el trastorno facticio o en la simulación, el dolor no es simulado o producido intencionadamente (Criterio D). No debe diagnosticarse trastorno por dolor si el dolor puede explicarse por la presencia de trastornos psicóticos, trastornos del estado de ánimo o trastorno de ansiedad, o si el dolor cumple los criterios diagnósticos de la dispareunia (Criterio E).

Ejemplos de las alteraciones producidas por el dolor son la incapacidad para trabajar o para ir a la escuela, utilización asidua del sistema sanitario, consumo continuado de fármacos, problemas de tipo relacional (conflictos matrimoniales, alteración de la vida familiar) y transformación del dolor en el asunto central de la vida del individuo.

Los factores psicológicos pueden constituir otro trastorno de los Ejes I o II (que también debe diagnosticarse) o no ser suficientes para permitir el establecimiento del diagnóstico (p. ej., reacciones a situaciones de estrés psicosocial).

Subtipos y especificaciones

Los siguientes subtipos se anotan sobre la base de los factores presentes en la etiología y persistencia del dolor:

Trastorno por dolor asociado a factores psicológicos.

En este subtipo se considera que los factores psicológicos son de gran importancia en el inicio, la gravedad, la exacerbación y la persistencia del dolor. Los trastornos físicos tienen un papel escaso o nulo en el inicio o en la persistencia del dolor. No debe diagnosticarse este subtipo si se cumplen los criterios para el trastorno de somatización.

Trastorno por dolor asociado a factores psicológicos y a enfermedad médica.

En este subtipo tanto los factores psicológicos como las enfermedades médicas desempeñan un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación o la persistencia del dolor. La localización anatómica del dolor o de la enfermedad médica asociada se codifica en el Eje III (v. procedimiento de tipificación). Trastorno por dolor asociado a enfermedad médica. Este subtipo no se considera un trastorno mental y se codifica en el Eje III. Se incluye en este apartado con el fin de facilitar el diagnóstico diferencial. El dolor está producido por una enfermedad médica y los factores psicológicos tienen un papel escaso o nulo en el inicio o la persistencia del dolor.

Para este subtipo, se selecciona el código diagnóstico sobre la base de la localización del dolor o la enfermedad médica asociada (v. procedimiento de tipificación).

Para indicar la duración del dolor en el trastorno por dolor asociado a factores psicológicos o el asociado a factores psicológicos y enfermedad médica, se utilizan las especificaciones siguientes:

Agudo.

Si la duración del dolor es inferior a 6 meses. Crónico. Si la duración del dolor es igual o superior a 6 meses.

Procedimiento de tipificación

El código diagnóstico para el trastorno por dolor es F45.4. Para el trastorno por dolor asociado a factores psicológicos y a enfermedad médica, F45.4 [307.89] se codifica en el Eje I y la enfermedad médica o la localización del dolor se codifican en el Eje III (p. ej., F45.4 Trastorno por dolor asociado a factores psicológicos y a enfermedad médica en el Eje I [307.89]; G63.2 Polineuropatía diabética en el Eje III [357.2]). Para el trastorno por dolor asociado a enfermedad médica, el código diagnóstico para el dolor se selecciona sobre la base de la enfermedad asociada si se conoce ésta o de la localización anatómica del dolor si la enfermedad subyacente no se ha establecido de una manera clara: por ejemplo, M54.5 Dolor lumbar bajo [724.2], M54.3 Dolor ciático [724.3], R10.2 Dolor pélvico [625.9], R51 Cefalea [784.0], R51 Dolor facial [784.0], R07.4 Dolor torácico [786.50], M25.5 Dolor de articulaciones [719.4], M89.8 Dolor óseo [733.90], R10.4 Dolor abdominal [789.0], N64.4 Dolor de mama [611.71], N23 Dolor renal [788.0], H92.0 Dolor de oído [388.70], H57.1 Dolor de ojos [379.91], R07.0 Dolor de garganta [784.1], K08.8 Dolor de dientes [525.9] y N23 Dolor urinario [788.0].

Síntomas y trastornos asociados.

Características descriptivas y trastornos mentales asociados. El dolor puede alterar gravemente varios aspectos de la vida diaria. Entre los individuos que padecen formas crónicas del trastorno por dolor se ha observado frecuentemente desempleo, discapacidad y problemas familiares. Puede haber dependencia o abuso yatrogénico de opiáceos y dependencia o abuso yatrogénico de benzodiacepinas.

Los individuos que sufren dolor asociado a depresión grave o relacionado con una enfermedad terminal, principalmente cáncer, presentan un mayor riesgo de suicidio. Los enfermos con dolor agudo recidivante o dolor crónico están convencidos de que existe en algún lugar algún profesional de la salud que posee el método curativo para su dolor.

Pueden gastar una gran cantidad de dinero y emplear mucho tiempo para conseguir un objetivo a todas luces inalcanzable.

El dolor puede llevar a inactividad y a aislamiento social, lo que, a su vez, puede conducir a problemas psicológicos adicionales (p. ej., depresión) y a una reducción de la resistencia física, que comporta cansancio y dolor adicional. El trastorno por dolor puede asociarse a otros trastornos mentales, especialmente trastornos de ansiedad y trastornos del estado de ánimo. El dolor crónico se asocia frecuentemente a trastornos depresivos y el agudo a trastornos de ansiedad. Los trastornos mentales asociados pueden preceder al trastorno por dolor (y posiblemente predisponer al individuo a padecerlo), coexistir con él o estar provocados por él. Tanto las formas agudas como las crónicas del trastorno por dolor se asocian habitualmente a insomnio.

Hallazgos de laboratorio.

En el trastorno por dolor asociado a factores psicológicos y a enfermedad médica las pruebas de laboratorio pueden revelar una patología asociada al dolor (p. ej., hernia discal lumbar, identificada por resonancia magnética, en un individuo con dolor radicular bajo).

Sin embargo, puede haber enfermedades médicas asociadas en ausencia de hallazgos objetivos. Generalmente, estos hallazgos se asocian al dolor por pura coincidencia.

Hallazgos de la exploración física y enfermedades médicas asociadas.

En el trastorno por dolor asociado a factores psicológicos y a enfermedad médica la exploración física puede revelar la existencia de una patología asociada al dolor. Este trastorno puede asociarse a muchas enfermedades médicas, entre las que destacan diversas enfermedades musculoesqueléticas (p. ej., hernia discal, osteoporosis, osteoartritis o artritis reumatoide, síndromes miofasciales), neuropatías (p. ej., neuropatía diabética, neuralgia postherpética) y neoplasias (p. ej., metástasis en huesos, infiltración neoplásica en nervios).

Los intentos por aliviar el dolor pueden determinar problemas adicionales, algunos de los cuales provocan incluso más dolor (p. ej., malestar gastrointestinal por fármacos antiinflamatorios no esteroideos, adherencias debidas a cirugía).

Síntomas dependientes de la cultura, la edad y el sexo

Entre grupos étnicos y culturales distintos pueden existir diferencias en la respuesta a los estímulos dolorosos y en la manera de reaccionar ante el dolor. Sin embargo, debido a la amplia variabilidad individual, estos factores son de utilidad limitada en la evaluación y el tratamiento de los individuos con trastorno por dolor.

Este trastorno puede aparecer a cualquier edad. Las mujeres parecen experimentar ciertos tipos de dolor crónico, como cefaleas y dolor musculoesquelético, con más frecuencia que los varones.

Prevalencia

El trastorno por dolor es relativamente frecuente. Por ejemplo, se ha observado que, en el transcurso de 1 año, un 10-15 % de los adultos de Estados Unidos padecen algún tipo de discapacidad laboral debido únicamente a dolor lumbar.

Curso

La mayoría de los episodios de dolor agudo desaparecen en un corto período de tiempo. El inicio del dolor crónico es muy variable. En la mayoría de los casos el individuo acude a los centros de salud mental cuando ya han transcurrido varios años desde el inicio de los síntomas.

Los factores considerados influyentes en la recuperación del trastorno por dolor son, por un lado, la participación del individuo en actividades regulares (p. ej., trabajo), a pesar del dolor, y, por otro, la resistencia a que éste se transforme en el factor determinante de su vida.

Patrón familiar

Los trastornos depresivos, la adicción al alcohol y el dolor de tipo crónico son más frecuentes en los familiares de primer grado de los individuos con trastorno por dolor.

Diagnóstico diferencial

El dolor constituye uno de los criterios diagnósticos del trastorno de somatización. Si el dolor asociado a factores psicológicos se presenta exclusivamente en el transcurso del trastorno de somatización, no debe efectuarse el diagnóstico adicional de trastorno por dolor asociado a factores psicológicos. De la misma manera, si la presentación del dolor cumple los criterios para la dispareunia (p. ej., relaciones sexuales dolorosas) no debe establecerse el diagnóstico de trastorno por dolor.

Las quejas de dolor pueden ser intensas en individuos con trastorno de conversión, pero, por definición, este trastorno no se limita sólo al dolor.

El dolor es un síntoma asociado habitualmente a otros trastornos mentales (p. ej., trastornos depresivos, trastorno de ansiedad, trastornos psicóticos). Debe considerarse un diagnóstico adicional de trastorno por dolor si el dolor es centro de atención clínica independiente, si provoca malestar o deterioro clínicamente significativos o excede al que habitualmente se observa en otro trastorno mental.

En la simulación y en el trastorno facticio el dolor puede fingirse o producirse intencionadamente. En el trastorno facticio el motivo es la asunción del papel de enfermo y la búsqueda de atención médica y tratamiento, mientras que en la simulación existen otros objetivos como compensación económica, evitación de responsabilidades en el Servicio Militar, huida de la justicia u obtención de droga.

Relación con los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10

Los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10 requieren que el dolor persista por lo menos 6 meses y no pueda «explicarse adecuadamente sobre la base de una alteración fisiológica o un trastorno físico».

En cambio, el DSM-IV-TR no impone al clínico esta toma de decisión tan difícil; en vez de ello, sólo exige la contribución de factores psicológicos. En la CIE-10, este trastorno está recogido con el nombre de dolor somatomorfo persistente.

Relación con la taxonomía propuesta por la International Association for the Study of Pain.

El Subcomité sobre Taxonomía de la International Association for the Study of Pain ha establecido un sistema de cinco ejes para categorizar el dolor crónico de acuerdo a: I) localización anatómica; II) órganos afectados; III) características temporales del dolor y patrón de aparición; IV) valoración de la intensidad por parte del enfermo y tiempo transcurrido desde el inicio del dolor, y V) etiología.

Este sistema de cinco ejes se basa principalmente en las manifestaciones físicas del dolor, pero permite considerar factores psicológicos tanto en el segundo eje (donde se puede codificar la presencia de un trastorno mental) como en el quinto (donde la etiología puede ser «psicofisiológica» y «psicológica»).

Criterios para el diagnóstico de F45.4 Trastorno por dolor

A. El síntoma principal del cuadro clínico es el dolor localizado en una o más zonas del cuerpo, de suficiente gravedad como para merecer atención médica.

B. El dolor provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

C. Se estima que los factores psicológicos desempeñan un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación o la persistencia del dolor.

D. El síntoma o déficit no es simulado ni producido intencionadamente (a diferencia de lo que ocurre en la simulación y en el trastorno facticio).

E. El dolor no se explica mejor por la presencia de un trastorno del estado de ánimo, un trastorno de ansiedad o un trastorno psicótico y no cumple los criterios de dispareunia.

Codificar el tipo: Trastorno por dolor asociado a factores psicológicos [307.80]: se cree que los factores psicológicos desempeñan un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación o la persistencia del dolor (si hay una enfermedad médica, ésta no desempeña un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación o la persistencia del dolor). Este tipo de trastorno por dolor no debe diagnosticarse si se cumplen también los criterios para trastorno de somatización.

Trastorno por dolor asociado a factores psicológicos y a enfermedad médica [307.89]: tanto los factores psicológicos como la enfermedad médica desempeñan un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación o la persistencia del dolor. La enfermedad médica asociada y la localización anatómica (v. después) se codifican en el Eje III.

Especificar (para ambos tipos) si: Agudo: duración menor a 6 meses Crónico: duración igual o superior a 6 meses.

Nota: el trastorno siguiente no se considera un trastorno mental y se incluye aquí únicamente para facilitar el diagnóstico diferencial.

Trastorno por dolor asociado a enfermedad médica: la enfermedad médica desempeña un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación o la persistencia del dolor. (Si existen factores psicológicos, no se estima que desempeñen un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación o la persistencia del dolor.)

El código diagnóstico para el dolor se selecciona en base a la enfermedad médica asociada si se conoce ésta o a la localización anatómica del dolor si la enfermedad médica subyacente no está claramente establecida: por ejemplo, M54.5 Dolor lumbar [724.2], M54.3 Dolor ciático [724.3], R10.2 Dolor pélvico [625.9], R51 Cefalea [784.0], R51 Dolor facial [784.0], R07.4 Dolor torácico [786.50], M25.5 Dolor articular [719.4], M89.8 Dolor óseo [733.90], R10.4 Dolor abdominal [789.0], N64.4 Dolor de mama [611.71], N23 Dolor renal [788.0], H92.0 Dolor de oídos [388.70], H57.1 Dolor de ojos [379.91], R07.0 Dolor de garganta [784.1], K08.8 Dolor de dientes [525.9] y N23 Dolor urinario [788.0].

2.1.6. Hipocondría.

Características diagnósticas

La característica esencial de la hipocondría es la preocupación y el miedo a padecer, o la convicción de tener, una enfermedad grave, a partir de la interpretación personal de uno o más signos o síntomas somáticos (Criterio A). La exploración física no identifica enfermedad médica alguna que pueda explicar la preocupación del enfermo o los signos o síntomas que presenta (aunque puede existir una enfermedad médica concomitante). El miedo injustificado o la idea de padecer una enfermedad persisten a pesar de las explicaciones médicas (Criterio B).

Sin embargo, la creencia no es de tipo delirante (p. ej., el individuo puede aceptar la posibilidad de que está exagerando la magnitud de la enfermedad o de que ésta no existe). La creencia no se circunscribe sólo a una preocupación por la apariencia física (como ocurre en el trastorno dismórfico corporal) (Criterio C). La preocupación por los síntomas somáticos provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral, o de otras áreas importantes de la actividad del sujeto (Criterio D) y persiste durante al menos 6 meses (Criterio E). Esta preocupación no se explica mejor por trastorno de ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno de angustia, trastorno depresivo mayor, ansiedad por separación u otro trastorno somatomorfo (Criterio F).

En la hipocondría las preocupaciones del enfermo hacen referencia a funciones corporales (p. ej., latido cardíaco, sudor o movimientos peristálticos), a anormalidades físicas menores (p. ej., pequeñas heridas, tos ocasional) o a sensaciones físicas vagas y ambiguas (p. ej., «corazón cansado», «venas dolorosas»). El individuo atribuye estos síntomas o signos a la enfermedad temida y se encuentra muy preocupado por su significado, su autenticidad y su etiología. Las preocupaciones pueden centrarse en un órgano específico o en una enfermedad en particular (p. ej., miedo a padecer una enfermedad cardíaca). Las exploraciones físicas, repetidas, las pruebas diagnósticas y las explicaciones del médico no consiguen aliviar la preocupación del paciente.

Por ejemplo, un individuo con miedo a padecer una enfermedad cardíaca no se tranquiliza aunque sepa que las exploraciones físicas, los electrocardiogramas e incluso las angiografías son totalmente normales. Las personas que sufren este trastorno pueden alarmarse con la lectura o los comentarios sobre enfermedades, con las noticias de que alguien se ha puesto enfermo o incluso por la observación de lo que ocurre en su propio cuerpo. La preocupación sobre la enfermedad se convierte a menudo en la característica central de la autopercepción del individuo, en un tema reiterado de conversación, y en una respuesta a las situaciones de estrés.

Especificación

Con poca conciencia de enfermedad. Esta especificación debe utilizarse si durante la mayor parte del episodio el individuo no se da cuenta de que la preocupación por la enfermedad es excesiva o injustificada.

Síntomas y trastornos asociados

Características descriptivas y trastornos mentales asociados.

A menudo los pacientes suelen presentar su historia clínica de manera muy detallada y extensa. Son frecuentes la presencia de «peregrinaciones médicas» (doctor shopping) y el deterioro de la relación médicopaciente, con frustración y enfado por ambas partes. Algunas veces estos enfermos creen que no reciben la atención apropiada y se resisten a ser enviados a centros de salud mental. Las exploraciones diagnósticas repetidas pueden provocar complicaciones, además de suponer un riesgo para el enfermo y un dispendio económico.

Sin embargo, debido a que estos individuos presentan una historia de quejas múltiples sin base física clara, pueden ser sometidos a reconocimientos superficiales que pasen por alto la presencia de una enfermedad médica.

Las relaciones sociales están limitadas por las preocupaciones que el individuo tiene por su enfermedad y por las demandas de tratamiento y consideración especiales. Las relaciones familiares pueden asimismo alterarse, ya que todo se centra en el bienestar del enfermo.

El trabajo puede no estar afectado si el paciente limita su preocupación a los horarios «no laborables». Sin embargo, lo más frecuente es que su actividad productiva se encuentre también muy limitada.

En casos más graves el individuo con hipocondría puede llegar a la invalidez total. Las enfermedades graves, particularmente en la infancia, y los antecedentes de alguna enfermedad en miembros de la familia se asocian a la aparición de hipocondría. Se cree que las situaciones de estrés psicosocial, sobre todo la muerte de alguna persona cercana, pueden precipitar la aparición de este trastorno. Las personas con hipocondría a menudo presentan también otros trastornos mentales (especialmente trastornos de ansiedad y depresivos).

Hallazgos de laboratorio.

Los hallazgos de laboratorio no confirman los temores del individuo.

Hallazgos de la exploración física y enfermedades médicas asociadas.

Los hallazgos de la exploración física no confirman los temores del individuo.

Síntomas dependientes de la cultura y el sexo

Aunque no sea lógica la preocupación por la enfermedad a pesar de las exploraciones médicas y de las explicaciones apropiadas, tal preocupación debe valorarse siempre en relación con el nivel cultural del enfermo.

El diagnóstico de hipocondría debe hacerse con mucho cuidado si las ideas del paciente sobre la enfermedad se ven reforzadas por curanderos que no están de acuerdo con las explicaciones y las exploraciones médicas. El trastorno afecta por igual a varones y mujeres.

Prevalencia

La prevalencia de la hipocondría en la población general se desconoce. En la práctica médica la prevalencia se encuentra entre un 4 y un 9 %.

Curso

La hipocondría puede iniciarse a cualquier edad; sin embargo, lo más frecuente es que empiece en los primeros años de la vida adulta. El curso es generalmente crónico, con períodos de mayor o menor intensidad, aunque algunas veces es posible que el individuo se recupere totalmente.

El inicio agudo, la comorbilidad, la ausencia de trastornos de la personalidad y la ausencia de una ganancia secundaria son indicadores de buen pronóstico. Debido a su cronicidad, algunos autores consideran que este trastorno posee características de «rasgo» (preocupación persistente, con quejas de tipo somático, centrada en síntomas físicos).

Diagnóstico diferencial

A la hora de establecer el diagnóstico diferencial siempre ha de tenerse en cuenta la posible existencia de una enfermedad médica subyacente, por ejemplo, una enfermedad neurológica en su primera fase (p. ej., esclerosis múltiple o miastenia grave), enfermedades endocrinas (enfermedades tiroideas o paratiroideas), enfermedades que afectan múltiples sistemas corporales (p. ej., lupus eritematoso sistémico), y neoplasias ocultas. A pesar de que la presencia de una enfermedad médica no descarta por completo la posibilidad de una hipocondría simultánea, las preocupaciones de tipo transitorio relacionadas con una enfermedad médica no pueden considerarse síntomas de hipocondría. Los síntomas somáticos (p. ej., dolor abdominal) son habituales en los niños y no deben diagnosticarse como hipocondría a no ser que el niño presente desde hace tiempo preocupación por tener una enfermedad grave.

En la gente mayor es frecuente observar miedo y preocupaciones por debilidad corporal.

Sin embargo, el inicio de las preocupaciones por la salud en la vejez obedecen más a la realidad o a un trastorno del estado de ánimo que a la hipocondría. Debe diagnosticarse hipocondría sólo si las preocupaciones sobre la salud no pueden explicarse mejor por la presencia de trastorno de ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno de angustia, episodio depresivo mayor, trastorno de ansiedad por separación u otro trastorno somatomorfo. Los individuos que sufren hipocondría pueden tener pensamientos intrusos sobre la enfermedad y presentar comportamientos compulsivos asociados (p. ej., demandas repetidas de explicaciones). Sólo debe realizarse un diagnóstico por separado de trastorno obsesivo-compulsivo si las obsesiones o compulsiones no se restringen a preocupaciones por una enfermedad (p. ej., comprobar el cierre de las puertas).

En el trastorno dismórfico corporal la preocupación hace referencia al aspecto físico de la persona. En contraste con la fobia específica a las enfermedades, en la que el individuo tiene miedo a contraer alguna enfermedad, la hipocondría se caracteriza por la preocupación de padecerla ya. En la hipocondría la convicción de tener una enfermedad no alcanza proporciones delirantes (p. ej., el individuo puede aceptar la posibilidad de que la enfermedad temida no exista), a diferencia de lo que sucede en los delirios somáticos que pueden aparecer en los trastornos psicóticos (p. ej., esquizofrenia, trastorno delirante de tipo somático y trastorno depresivo mayor con síntomas psicóticos).

Relación con los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10

La CIE-10 propone una única tabla de criterios diagnósticos que puede aplicarse tanto para la hipocondría como para el trastorno dismórfico corporal (bajo el término común de trastorno hipocondríaco). Los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10 para la hipocondría especifican que debe existir la convicción de «estar padeciendo como máximo dos enfermedades médicas importantes» y exigen que por lo menos una de ellas sea correcta y específicamente nombrada por el individuo que presenta el trastorno hipocondríaco.

Criterios para el diagnóstico de F45.2 Hipocondría [300.7]

A. Preocupación y miedo a tener, o la convicción de padecer, una enfermedad grave a partir de la interpretación personal de síntomas somáticos.

B. La preocupación persiste a pesar de las exploraciones y explicaciones médicas apropiadas.

C. La creencia expuesta en el criterio A no es de tipo delirante (a diferencia del trastorno delirante de tipo somático) y no se limita a preocupaciones sobre el aspecto físico (a diferencia del trastorno dismórfico corporal).

D. La preocupación provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

E. La duración del trastorno es de al menos 6 meses.

F. La preocupación no se explica mejor por la presencia de trastorno de ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno de angustia, episodio depresivo mayor, ansiedad por separación u otro trastorno somatomorfo.

Especificar si: Con poca conciencia de enfermedad: si durante la mayor parte del episodio el individuo no se da cuenta de que la preocupación por padecer una enfermedad grave es excesiva o injustificada

2.1.7. Trastorno dismórfico corporal.

Características diagnósticas

La característica esencial de este trastorno (conocido históricamente como dismorfofobia) es la preocupación por algún defecto en el aspecto físico (Criterio A). El defecto es imaginario o, si existe, la preocupación del individuo es claramente excesiva (Criterio A). La preocupación causa malestar significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo (Criterio B) y no se explica mejor por la presencia de otro trastorno mental (p. ej., la insatisfacción por el tamaño y la silueta corporales presente en la anorexia nerviosa) (Criterio C).

Los síntomas más usuales se refieren a defectos imaginarios o de poca importancia en la cara o la cabeza, como son delgadez del cabello, acné, arrugas, cicatrices, manchas vasculares, palidez o enrojecimiento del cutis, hinchazones, asimetría o desproporción facial y vello excesivo en la cara.

Estos individuos pueden preocuparse también por la forma, el tamaño u otros aspectos de su nariz, ojos, párpados, cejas, orejas, boca, labios, dientes, mandíbula, barbilla, mejillas y cabeza. Sin embargo, cualquier otra parte del cuerpo puede ser igualmente motivo de preocupación (genitales, pechos, nalgas, abdomen, brazos, manos, piernas, caderas, hombros, columna vertebral, amplias zonas del cuerpo e incluso todo el cuerpo).

La preocupación puede centrarse en varias partes del cuerpo al mismo tiempo. A pesar de que las quejas son normalmente específicas (p. ej., labios torcidos o nariz prominente), algunas veces llegan a ser considerablemente vagas (p. ej., una cara «caída» o unos ojos poco abiertos).

Debido al malestar que les ocasionan las preocupaciones, los individuos con trastorno dismórfico corporal tienden a evitar describir con detalle sus «defectos» y se limitan a hablar siempre de su fealdad.

La mayoría de los sujetos experimentan un malestar intenso en relación con su supuesto defecto y a menudo describen sus preocupaciones como «muy dolorosas», «torturantes» o «devastadoras»; les resulta difícil controlar y dominar sus preocupaciones y hacen poco o nada por superarlas.

Como resultado, suelen pasar horas pensando en su «defecto», hasta el punto de que estos pensamientos pueden llegar a dominar sus vidas por completo.

En muchos casos cabe objetivar un deterioro significativo en muchas áreas de la actividad del sujeto.

La conciencia del defecto puede llevar a estos individuos a evitar las situaciones laborales y sociales.

Síntomas y trastornos asociados

Estos individuos pueden consumir gran cantidad de horas al día comprobando su «defecto» ante el espejo o ante cualquier superficie reflectante como escaparates, cristales delanteros de automóviles, relojes, etc. Algunos individuos usan gafas de aumento para poder observar mejor su «defecto». Puede existir un comportamiento de limpieza y aseo excesivo (p. ej., corte y peinado del cabello, maquillaje ritualizado, limpieza de la piel, etc.). Los comportamientos de comprobación y de aseo se ejecutan para disminuir la ansiedad producida por el defecto, pero a menudo provocan el resultado contrario.

En consecuencia, hay sujetos que evitan mirarse al espejo y llegan a tapar los espejos o a retirarlos de su sitio; otros, en cambio, alternan períodos de observación excesiva con períodos de evitación.

Estas personas solicitan con frecuencia informaciones tranquilizadoras sobre su defecto, pero, cuando las consiguen, el alivio es sólo temporal. Comparan continuamente las partes de su cuerpo que no les gustan con las de otros individuos. También son habituales las ideas de referencia relacionadas con el defecto imaginario.

Las personas que padecen este trastorno creen a menudo que la gente se da cuenta de su supuesto defecto, habla de él y se burla. Algunos llegan a «esconder» el defecto (p. ej., dejándose crecer la barba para tapar cicatrices imaginarias, usando sombrero para cubrir una pérdida de pelo imaginaria o rellenando los calzoncillos para aumentar el tamaño de un pene «pequeño»).

Otros individuos pueden estar excesivamente preocupados y temer que la parte «fea» de su cuerpo no funcione de forma adecuada, sea extremadamente frágil o esté en peligro constante de sufrir algún daño. La evitación de las actividades habituales puede conducir a un aislamiento social extremo. En algunos casos los individuos salen de su casa sólo por las noches (cuando no pueden ser vistos) o permanecen en ella durante largo tiempo, a veces incluso años. Las personas con este trastorno pueden abandonar la escuela, evitar entrevistas profesionales, mantenerse en trabajos por debajo de su nivel e incluso dejar de trabajar. Asimismo, pueden tener pocas amistades, evitar las citas u otras situaciones sociales, tener problemas matrimoniales o divorciarse debido a sus síntomas.

Es posible que el malestar o el deterioro asociados al trastorno (aunque variables) lleven a hospitalizaciones repetidas, a ideación suicida, a intentos de suicidio y a suicidios consumados. Los sujetos buscan y reciben tratamientos médicos generales, odontológicos y quirúrgicos con el fin de corregir sus defectos.

Estos tratamientos pueden empeorar el trastorno, ocasionando la aparición de nuevas y más intensas preocupaciones, que a su vez llevan a nuevos procedimientos terapéuticos sin éxito, con lo que estas personas pueden llegar a tener narices, oídos, pechos y caderas «sintéticos», que siguen sin ser de su agrado. El trastorno dismórfico corporal puede asociarse al trastorno depresivo mayor, al trastorno delirante, a la fobia social y al trastorno obsesivo-compulsivo.

Síntomas dependientes de la cultura y el sexo

Las valoraciones de tipo cultural sobre el aspecto físico pueden influir o amplificar las preocupaciones del individuo sobre un defecto físico imaginario. Los datos preliminares sugieren que el trastorno dismórfico corporal se diagnostica aproximadamente con la misma frecuencia en varones y mujeres.

Prevalencia

No se dispone de información fiable, pero el trastorno dismórfico corporal puede ser más frecuente de lo que antes se pensaba.

Curso

El trastorno dismórfico corporal se inicia generalmente en la adolescencia, pero puede pasar desapercibido durante muchos años debido a que con frecuencia los individuos con este trastorno no quieren revelar sus síntomas.

El inicio puede ser gradual o repentino; el curso es continuo, con pocos intervalos sin síntomas, a pesar de que su intensidad puede presentar altibajos. La parte del cuerpo en la que se centra la preocupación puede ser siempre la misma o variar con el tiempo.

Diagnóstico diferencial

A diferencia de las preocupaciones normales sobre el aspecto físico, en el trastorno dismórfico éstas hacen perder una cantidad de tiempo excesiva y están asociadas a malestar significativo o a deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

Sin embargo, este trastorno puede pasar desapercibido en contextos en los que se llevan a cabo actividades cosméticas. No debe diagnosticarse el trastorno dismórfico corporal si la preocupación se explica mejor por la presencia de otro trastorno mental, si se limita a preocupaciones sobre el peso, como en la anorexia nerviosa; a malestar o sensación de inadecuación por las características sexuales primarias y secundarias, como en el trastorno de la identidad sexual, o a pensamientos (congruentes con el estado de ánimo) sobre la apariencia física, presentes exclusivamente en un episodio depresivo mayor.

Los individuos con trastorno de la personalidad por evitación o con fobia social pueden preocuparse por defectos reales en su aspecto físico, pero esta preocupación no es habitualmente intensa, persistente, angustiosa o incapacitante ni les hace consumir un tiempo excesivo.

A pesar de que las personas con este trastorno presentan preocupaciones obsesivas por su aspecto físico y comportamientos compulsivos asociados (p. ej., comprobaciones repetidas ante el espejo), sólo debe realizarse el diagnóstico de trastorno obsesivo-compulsivo cuando las obsesiones o las compulsiones no se limiten exclusivamente a la preocupación por el aspecto físico.

Los sujetos con trastorno dismórfico corporal pueden recibir el diagnóstico adicional de trastorno delirante, tipo somático, si la preocupación por el defecto imaginario en su aspecto físico llega a tener una intensidad delirante.

El koro es un síndrome ligado a la cultura, propio del sureste asiático, que puede estar relacionado con el trastorno dismórfico corporal. Se caracteriza por la preocupación de que el pene se encoja progresivamente, se introduzca en la cavidad abdominal y acabe produciendo la muerte.

Este trastorno se diferencia del trastorno dismórfico corporal por el hecho de que habitualmente es de corta duración, por sus síntomas asociados (ansiedad primaria aguda y miedo a la muerte), por una respuesta positiva a las explicaciones racionales y porque a veces se presenta en forma «epidémica».

Relación con los Criterios Diagnósticos de Investigación de la CIE-10

La CIE-10 no contiene una categoría aislada para describir el trastorno dismórfico corporal; en vez de ello, propone una única tabla de criterios diagnósticos que puede aplicarse tanto a la hipocondría como al trastorno dismórfico corporal (bajo término común de trastorno hipocondríaco).

Criterios para el diagnóstico de Trastorno dismórfico corporal.

A. Preocupación por algún defecto imaginado del aspecto físico. Cuando hay leves anomalías físicas, la preocupación del individuo es excesiva.

B. La preocupación provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

C. La preocupación no se explica mejor por la presencia de otro trastorno mental (p. ej., insatisfacción con el tamaño y la silueta corporales en la anorexia nerviosa.

2.1.8. Trastorno somatomorfo no especificado.

En esta categoría se incluyen los trastornos con síntomas somatomorfos que no cumplen los criterios para un trastorno somatomorfo específico. Los ejemplos incluyen:

1. Seudociesis: creencia errónea de estar embarazada, con signos objetivos de embarazo como agrandamiento de la cavidad abdominal (sin protrusión umbilical), flujo menstrual reducido, amenorrea, sensación subjetiva de movimientos fetales, náuseas, secreciones y congestión mamarias y dolores «apropiados» el día esperado del parto. Puede haber cambios de tipo endocrino, pero el síndrome no puede explicarse por la presencia de una enfermedad médica causante de alteraciones endocrinas (p. ej., tumor secretor de hormonas).

2. Un trastorno que implique síntomas hipocondríacos no psicóticos de menos de 6 meses de duración.

3. Un trastorno con síntomas físicos no explicados (p. ej., cansancio o debilidad muscular) de menos de 6 meses de duración que no sea debido a otro trastorno mental.

BIBLIOGRAFÍA

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