El derecho de opinar

Establecer la diferencia entre noticia y opinión es una tarea difícil en la medida que se ha convertido en un práctica común, tanto en la televisión como en el periodismo, disfrazar una opinión bajo la máscara de una noticia, encubrir los criterios de selección, interpretación y valoración haciendo que lo que se muestra o se dice aparezca como la propia realidad o como su reflejo de la verdad objetiva, es una de las estrategias comunicativas más complejas del género periodístico. No se trata de inventar sucesos que no existieron ni de mentir, sino de reconocer que en la elaboración de la noticia interviene una serie de elementos políticos, económicos e ideológicos que condicionan de una manera específica la notica y su forma de elaborarla y transmitirla; crear opinión y argumentar su sentido es una capacidad propia del periodismo y una responsabilidad para la televisión, una gestión de la conciencia colectiva que no puede confundirse con el interés o conveniencia de las emisoras, ni evadirse como tarea y obligación en la construcción de una identidad ciudadana.

Restringir la opinión a la que conviene a las autoridades o los intereses del mercado, no asumiéndola como la voz y espíritu del propio ciudadano es descalificar su sentido.
El sagrado derecho a la libertad de expresión, como forma de proteger la tarea de los periodistas de crear opinión es lamentablemente un slogan esgrimido, la mayoría de las veces, se consigna para salvaguardar la expresión particular e interesada de algunos sectores que tienen el control del poder económico y político de una sociedad. Manipular la opinión significa tratar de evitar voces altisonantes, censurar la diversidad de puntos de vista y limitar la construcción de acciones de la sociedad civil.
Para destacar la importancia de este tema y de su debate, es bueno recordar que los conceptos de opinión pública y de libertad de expresión están contenidos en la declaración de los derechos humanos aprobada hace más de 50 años por las naciones unidas.

Paradójicamente hay escasa preocupación por evidenciar los mecanismos de manipulación y producción de la noticia, reduciendo su análisis a los contenidos y dejando de lado la recepción de los telespectadores y el consumo de la información. Preocuparnos por estos modos de ver la televisión y las mediaciones culturales que ésta genera, permite entender las narrativas noticiosas como una relación entre memoria e identidad y entre historia y contemporaneidad, dos ejes que muestran la propia complicidad de los televidentes con los relatos.

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